AL FIN DEL CAMINO.
Hoy miro desde mi atalaya, con la
ayuda de un buen vecino joven, he ingresado en la residencia de las Hermanas de
la Caridad, suerte, al fin descanso, esperando con una sonrisa, los últimos
días de mi vida.
De una familia muy pobre, con mis
dieciocho años, recuerdo mi llegada a la Coruña, con una pequeña maleta de
madera, poco equipaje y mucha ilusión. Anclado en el muelle un enorme barco,
digo enorme… para mí en esos momentos gigantesco, soy de tierra adentro, nunca
había visto nada igual. Iba a embarcar con destino a Méjico, dispuesto a hacer
fortuna, volver con todo el poder del dinero, ayudar a mis hermanos y vivir con
holgura en mi pueblo como había visto a algunos… pocos… muy pocos… bueno solo a
uno, que vivía con comodidad, holgura, casado con una joven y con dos preciosos
niños . Esa noche lloré, de pesar, nostalgia, pobre hijo de pobres, sin ningún
futuro, por mal que me fuese no sería peor que lo que tenía.
El viaje en barco fue horrible;
mareos sobre mareos vómitos sobre vómitos, algo horrible, no tuve descanso, el
mal estar y la tristeza me invadían; mi llegada a puerto en Méjico,
tremendamente deprimido, mal física y psíquicamente. Tres días más tarde pateaba la zona en busca
de trabajo, pronto un buen Español me dio empleo, pase con el tres años, mi
futuro no era halagüeño, aconsejado por
mi patrón decidí marchar a Cuba. Nuevo barco, nuevos mareos, el viaje mucho más
corto me llevo a la bella isla del Caribe, en la isla me trasladé a una pequeña
población, Trinidad, precioso lugar, habitado por patrones blancos y muchísimos
habitantes negros, fieles servidores, en muchas circunstancias, verdaderos
esclavos. Con mucha suerte conocí al que siempre sería un fiel amigo Gonzalo,
era propietario de un almacén, donde se vendía de todo, me dio trabajo en su
negocio, dejándome dormir y vivir en un local cercano a su comercio donde tenía
algo almacenado, me hizo un camastro bastante cómodo, arreglándome con una
vieja cocina que existía en el lugar, me acomodé en el nuevo hogar, estuve muchos años dedicándome
en cuerpo y alma a su servicio.
Amanecía y oscurecía, día a día, mi amistad
con Gonzalo se fue estrechando. Diez largos años más tarde, mi pequeño botín de
ahorro iba creciendo, pensé en instalar mi propio negocio, se lo comunique a mi
buen amigo. Mi gran sorpresa, Gonzalo me propuso hacerme con su industria, su
idea era que le entregase mis ahorros, durante diez años seriamos socios, mitad
de beneficios a partes iguales, de mis ganancias le daría la mitad en ese
tiempo, él se iría a España y yo le haría entrega anual por medio de un correo
de sus beneficios, a los diez años El regresaría a Trinidad efectuando la
trasmisión de todo lo apalabrado.
Quiero hacer un alto en mis
pensamientos, en la lejanía; mi querida Trinidad, siempre te llevo en mi
recuerdo. L a primera vez que me decidí
a salir por la noche, en ese lugar, la noche cae de repente, paseando por sus
calles empinadas, sus casas de planta baja, pintadas de colores vistosos,
azules, anaranjados, amarillos, todos los tonos en color profundo. En una
subida hacia lo más alto, una voz me dio las buenas noches, miré hacia la
ventana, solo distinguía el blanco de los ojos y el brillo de su dentadura, el
rostro se confundía con la noche, un negro se hallaba en la ventana, agitó su
mano, le devolví el saludo, un buen susto me había dado.
Mis pensamientos se acumulan,
pierdo el hilo de lo que estoy contando. Mi buen amigo Gonzalo cobró
religiosamente durante diez años, regresó a Cuba y liquidamos el total,
haciéndome legítimo dueño de todo.
Unos años más tarde, empezó una
revolución, un tal Fidel Castro, allá por Sierra Maestra, mantenía en vilo al
gobierno; tenia animadores y detractores, hijo de un rico hacendado, pregonaba
un reparto de la riqueza, siempre fui contrario a ese pensamiento, para mi
llegaba tarde, cuando no tenía nada, su familia amasaba fortunas, ahora que
encauzaba mi bien estar, se pregonaba el reparto.
Llegada la revolución, fui
desposeído de todos mis bienes y encarcelado como enemigo del nuevo régimen;
enemigo de los trabajadores…. Algo increíble no había hecho más que trabajar.
Allí perdí mi hacienda, mi estima; algunos de los que mantuve en mi negocio,
haciéndoles favores, fueron los mayores acusadores. Dos años en una prisión
inmunda, deterioro de mi salud, dolor de mi corazón, sin un centavo en el
bolsillo. Justicia de un desalmado que con un plumazo destruyó mi vida; yo
acuso a ese asesino de haberme dado muerte en mi cerebro, nunca fui capaz de
recuperarme; mis sueños alterados, mis sueños hundidos, mis sueños frustrados.
Tú has sido culpable de mi muerte, solo has dejado un cuerpo enfermo caminando
en el dolor.
Más tarde, salí de mi querida
Cuba en un carguero, viví unos años en Venezuela, al borde de la mendicidad.
Gracias a la misericordia de unas religiosas, me consiguieron el pasaje para
España.
El mayor dolor de mi vida lo
encontré entre los míos. Mi pueblo había cambiado demasiado, todo era
diferente, cincuenta años son demasiados, un puente nuevo, un verdadero puente,
no aquellos que las riadas de todos los años les hacía desaparecer, la
carretera muy bien asfaltada, las caleyas, también estaban asfaltadas; las
casas todas pintadas y muy arregladas… todas no faltaba la de mis padres, algo
increíble, me dejó impresionado, en mi ausencia, en cincuenta años todo se
había desarrollado mucho, parecía otro pueblo, vistoso, cordial en sus
habitantes, no conocía a nadie, bueno me pareció no encontrar ninguna cara
conocida.
La gran desilusión la encontré en
el domicilio de mis padres. Faltaban todos mis hermanos, menos el ultimo, era
disminuido, no tenía sus facultades normales, al principio sonreía
bobaliconamente, yo pagaba la comida, la luz, todo, él vivía de la mendicidad,
de la caridad de nuestros vecinos. Poco a poco el dinero traído de América,
poca cantidad se fue terminando, mi hermano al darse cuenta de que no tenía
tanto como él creía, se volvió huraño, distante, me di cuenta que guardaba
comida en un refugio que tenía en la
parte baja de la casa. Un día me amonestó, me pidió que me fuese, ahora nuestros
vecinos, creyendo algo que yo no negué, dieron por hecho que ya no era
necesario.
Con un gran dolor, me dirigí al
S. Cura, le conté cual era mi situación, se corrió la voz y volvieron los
donativos, tengo que decir en honor a mis vecinos, que llegaron a casa todo
tipo de comida. Mi hermano, me repetía continuamente, que era mejor mi
desaparición, el amontonaba todas las donaciones en su dispensa, sin permitirme
acercarme a ello, yo seguía comiendo de mis pequeños ahorros cada día más
disminuidos.
Era una mañana soleada, mi
hermano hacia guardia en su despensa, me lavé la cara, me arreglé un poco, Salí
disparado hacia la parte del pueblo donde había dos tiendas, solía charlar con
el tendero joven, me acerqué a su comercio, era temprano, acababa de abrir la
tienda, nunca olvidaré su sonrisa, siempre estaba de buen humor, me recibió con
la cordialidad de siempre, me invitó a pasar a la tienda, le conté mi
situación. El chico, para mí un chico, cuando llegamos a mayores alguien de
treinta años es muy joven, me escuchó en silencio, no parpadeaba, estuvo un
largo espacio de tiempo en silencio, me miró a los ojos, con su gran franqueza,
me recomendó salir de ese maldito lugar, buscar un lugar donde pasar los
últimos días de mi vida.
Antonio, nunca te olvidaré, fuiste
capaz de moverte de una a otra parte hasta que me aceptaron en el lugar donde
me hallo, pensé en quitarme la vida, pero tú estuviste a mi lado, me diste
aliento, me diste amistad, sin ningún benéfico. Amigo , mis pequeños recuerdos,
algunas cosas sentimentales de valor que nunca he querido deshacerme de ellas,
le dejo dicho a Sor Julia, este ángel que Dios ha puesto en este bendito hogar de
indigente, sí, asilo, te sean entregados a ti, con este repaso de mi vida, haz
lo que quieras con ello, es tuyo. Esa es mi última voluntad, gracias por venir una
vez al mes a visitarme, estás en mi corazón.
Salinas 2015. J. Ordóñez
Dedicado a cuantos cargados de
ilusiones, volvieron sin nada a su tierra.
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