CONCILIO DE COYANCA
En El Nombre Del Padre Y Del Hijo Y Del Espíritu Santo
Yo, el rey Fernando y la reina Doña Sancha. Para la restauración de nuestra cristiandad, hemos celebrado concilio en Castro Coyanca en la diócesis ovetense, con los obispos y abades y magnates de todo nuestro reino. En el cual concilio estuvieron presentes; Froilán obispo de Oviedo, Cipriano de León, Diego de Astorga, Siro de la sede palentina, Goaiz de Calahorra, Juan de Pamplona, Pedro de Lugo y Cresencio de Iría
Dese un monasterio a las afueras de la ciudad de Oviedo, se preparaba todo lo necesario para la salida de la comitiva con destino a Coyanca, donde el rey Fernando I haría concilio con los obispos, la nobleza y abades de su reino, al fin de solventar todas las diferencias existentes en todo su reino. El obispo Froilán de la diócesis ovetense presidiría la parte eclesial del concilio.
En el sequito que iría al frente de toda la comitiva del primer reino, estaban el obispo Froilán, abades, teólogos, frailes de toda índole, estudiosos de las escrituras sagradas y gran parte de la nobleza astur.
Al frente de la intendencia, estaba el sobrino predilecto del obispo Froilán, d. Felipe que así se llamaba. Era in joven de veintitrés años, rubio, alto y fornido, de rostro agradable y modales instruidos. La obra maestra de su tío, que soñaba con que su pariente tomase los hábitos y se dedicase a la vida clerical.
Durante el camino se unían a la comitiva clérigos y nobles caballeros, llamados a tan grande acontecimiento del reino en el castro de Coyanca. Transcurridas las primeras etapas, haciendo parada al anochecer, en las posadas de los pueblos o en cenobios habidos en el camino, la sexta jornada de su salida empezó la subida del puerto hacia las tierras de la meseta.
Había sido una jornada dura, los carros, carretas, los mulos, caballerías, sobre todo el personal estaban totalmente agotados. En un pequeño poblado de servicio y vigilancia, al lado de una laguna o lago, junto a un rio rápido, se decidió por parte de la jerarquía acampar una semana, con el fin de reponer fuerza y preparar el tramo hacia la capital leonesa, donde se les esperaba, para que en compañía de sus Altezas, viajar al lugar de destino. Don Felipe se instaló en una pequeña casa al lado de la torre, donde se hospedarían el prelado y sus colaboradores más próximos.
En la parte alta de la fortaleza vivía D. Ramiro, un leal servidor de su señor y Rey Don Fernando. D. Ramiro hombre de pocas luces, acostumbrado a manejar la espada más que el latín. Su esposa, Dña. Leonor, mujer muy culta, preparada por su familia para ocupar mejores posiciones, al fin caso con D. Ramiro y su hija Dña. Narbola, de gran belleza y cultura esmerada. Su madre preocupada por su futuro, había volcado en ella todas sus ilusiones, esperando con ello tuviese mejor suerte que la suya.
Al anochecer, en los largos días del mes de mayo, los señores de la torre invitaban a sus huéspedes a una pequeña tertulia en una de las salas habilitadas para ese menester.
Hacía mucho tiempo que no había tanta grandeza de visita, el reverendísimo obispo de Oviedo, señor de los Valdés, familia del más alto linaje de la nobleza astur, su sobrino, cinco nobles, cuatro abades y varios caballeros.
Dña. Leonor se movía entre todos ellos con forma y pulcritud. Su hija, Dña. Narbola, apenas osaba mirar al frente a los ilustres señores, solo de soslayo se fijaba en D. Felipe. Sentía una gran fascinación por el joven, sabia por su intuición que él sentía lo mismo.
En esos días, procuraron hablarse, intimidar y adorarse, como es de esperar entre dos jóvenes con su gran atracción. Se despidieron con promesas y formalidades, esperando los dos que sus ilustres familias comprendiesen y fuesen proclives a su unión y con ella la de sus linajes.
Al amanecer del jueves, día de partida de la comitiva con destino a la llamada real para asistir al concilio, Dña. Narbola paseando entre carruajes, carretas, caballos y soldadesca, curioseando y escuchando cuanto llegaba a sus oídos, con poco fruido y mucho sigilo; el destino quiso que escuchase, tras unas carretas, una conversación, donde dos soldados de graduación, se reían del amorío de ella con D. Felipe, dando por sentado que era uno de los flirteos del muchacho, porque su tío tenía más altas pretensiones para su futuro. Desolada se retiró a la fortaleza. Lloró profundamente. Esperó que la caravana se pusiese en marcha, desde las almenas de la torre, con sus ojos húmedos, vio partir a D. Felipe, con dolor por el engaño sufrido. Días más tarde montando su corcel, salió de la fortaleza con destino al lago glaciar, que se hallaba en una hondonada de unos picos que rodean el pueblo, se quitó la ropa y lentamente se metió en las profundas aguas.
Buscando por todas partes, al fin encontraron el corcel y las vestimentas de la muchacha a las orillas del lago. La desolación fue total en toda la comarca. Dña. Narbola, la esperanza de la fortaleza, se había ahogado.
Jornadas interminables, sus altezas D. Fernando y Dña. Sancha, finalizado el concilio, partían hacia Sahagún a descansar unos días antes de regresar a palacio. D. Froilán ultimaba todos los preparativos para su salida hacia el reino astur, su sobrino D. Felipe le había comunicado su decisión de casar con Dña. Narbola. El prelado, después de un rato d oración, había autorizado esa unión. La muchacha era muy religiosa, culta y hermosa, partido suficiente para gente de gran nobleza.
El regreso se hizo por etapas, como a la ida. En la capital de león se recibió la triste noticia del ahogamiento de la joven, algo inusual en el prelado fue depositar unos besos en las mejillas de su sobrino. En la fortaleza de Montes Altos, el luto era riguroso, no había consuelo para Dña. Leonor y d. Ramiro. El obispo Froilán les comunico las intenciones de su sobrino. Dña. Leonor, con la mirada triste y lejana, ojos aguados, abrazo profundamente a D. Felipe.
Traspasada la barrera de las montañas, camino de Oviedo, en el monasterio de San Martin, D. Felipe, con la bendición de obispo, quedó de novicio. Dicen las crónicas que llego a ser el abad y que solo había grandeza, misericordia y amor hacia los demás, siendo tenido por el pueblo como un verdadero santo.
En días recios de aire fuerte, el pozo donde se ahogó la doncella, dicen que brama. Los vecinos de ahora me han jurado que es el canto de Dña. Narbola.
Moraleja-. Amigos nunca hagáis críticas sin saber, porque pueden producir daños irreparables.
J. Ordóñez (Salinas 2011).

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